Tengo un secreto


Reto de escritura

Escribe una historia sin un solo adverbio terminado en -mente.

Tengo un secreto. Me gusta ser feliz. Me gusta escucharme cuando algo no es para mí. Me gusta decir no. Me gusta decidir cómo ocupar mi día. Me gusta ser libre para elegir qué ponerme o qué decir. Pero, como he dicho, es un secreto. Porque soy mujer.

Por eso cada martes, después de limpiar la casa, llevar a los niños a la escuela y preparar la comida, mis tres amigas y yo dejamos de ser mujeres por un par de horas.

Elegimos pantalones y chaquetas, borramos el maquillaje y cambiamos los tacones por deportivas. Nos reunimos a las 11 en punto en una cafetería y pedimos unas copas. Hablamos de política, de religión, hasta de fútbol. Repasamos las noticias del periódico, jugamos al billar, a los dardos o paseamos por el parque. A veces, se nos acerca alguna otra mujer buscando compañía. Pero no necesitamos nada: nuestras esposas esperan en casa.

Ese es nuestro mundo cotidiano. Debemos ser buenas con nuestros maridos y enseñar a nuestras hijas a ser obedientes y serviciales. La casa debe estar en orden y nosotras impecables. No podemos engordar, no podemos descuidarnos. Si algo falla, él puede abandonarnos, dejarnos solas, sin nada ni nadie. Enfermarse, descansar o tomarse vacaciones está prohibido. Ser mujer es un trabajo que dura toda la vida.

Pensaréis que esto sucede en un país del tercer mundo o en un lugar lleno de fanáticos religiosos. No. Vivo en un país del que muchos se sienten orgullosos, seguro y moderno. Aquí las muertes de mujeres a manos de sus maridos no son noticia, no porque hayan desaparecido, sino porque ya no sorprenden.

Vivimos en una sociedad que sonríe y dice que no estamos solas, pero que no acude en nuestra ayuda si nos golpean en la calle. Saca el teléfono para grabarlo todo, pero no para protegernos. Si no dejamos marcas visibles, nadie nos cree. Por eso no denunciamos. Dormimos con el enemigo.

Por eso, decidimos entender qué se siente ser como ellos. Los que nos tienen sometidas. Dos horas a la semana dejamos de ser María, Susana, Antonia y Lidia y nos llamamos Pablo, Andrés, Gonzalo y Manuel. Caminamos sin temor, hablamos sin tapujos y disfrutamos del derecho a ser nosotras mismas.

Dentro de una semana llegarán los papeles. Nos ha costado mucho dinero y arriesgar nuestro mundo, pero Manuel Montalbán dejará de ser ficticio. Hará las maletas y se llevará a sus hijos lejos, muy lejos. Allí nadie sabrá que una vez fue mujer y huyó del hombre que debía amarla, respetarla y cuidarla por el resto de sus días, hasta que la muerte los separara.

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